“EL PROFESOR DESCONOCIDO”
En una ocasión se reunieron algunos colegas profesores en un pequeño parque de la localidad denominado “el Salatón”. La reunión fue solo para convivir un momento, en realidad no había un motivo especial para festejar.
Después de un buen rato de conversar alegremente y de ingerir algunos “refrescos amargos”, la oscuridad se hizo presente y con ella llegaron como si los trajera la noche un grupo de soldados que de manera inusual hacían un rondín por el pueblo. Como los militares vieron a mis colegas en un lugar público ingiriendo algo más que “refrescos dulces”, inmediatamente los rodearon encañonándolos con sus armas de grueso calibre.
El temor se hizo presente.
Los soldados empezaron a revisarlos minuciosamente de pies a cabeza, preguntando al mismo tiempo nombre, dirección y ocupación de cada uno.
Con el miedo encima cada quien informó lo que recordó, pero todos coincidieron en su ocupación.
-¿¡Así que son maestros! ¡eh!?- Preguntó el jefe de los soldados.
-¡Si!-. Contestaron todos a la vez.
-¿¡Y que “jijos” de la chingada están haciendo aquí bebiendo cerveza en un lugar público!?- preguntó el militar.
Nadie respondió. De nada hubiera servido que mis colegas le explicaran al militar que ese parque público es utilizado comúnmente por la población como punto de reunión para familias y amigos, y que bajo el supuesto de la "sana" convivencia las autoridades locales a veces toleran -por desgracia- que la gente ingiera bebidas embriagantes en él. Al final de cuentas el militar tenía razón, siendo un lugar público eso no debía hacerse...
En ese preciso momento llegó otro colega en su pequeña motocicleta a donde estaban los encañonados.
El recién llegado tenía una cabellera lacia-china abundante y desaliñada. Ostentaba además una escasa barba a medio crecer y llevaba un cigarrillo en su boca. La zona en donde se ubica el parque es terregosa y era la temporada de verano por lo que había mucho polvo en el viento. Todo lo anterior acumulado, más una camisa desabotonada en la parte superior para disipar los calores de esos días, le daban cualquier aspecto a nuestro colega en la semi-oscuridad, menos el de un profesor.
Al llegar al grupo nuestro amigo bajó de su mini-moto y se metió entre los encañonados.
-¿¡Y éste cabrón qué!?- pregunto el militar extrañado por la intromisión del colega.
-También es maestro- contestó alguien.
-¿¡Qué!?, ¿¡También es maestro!?- exclamó incrédulo el militar al ver el aspecto del colega recién llegado.
El militar movió varias veces su cabeza de un lado al otro, negándose a creerlo. Quien sabe que pensaría, el caso es que ya no preguntó más, simplemente ordenó a sus soldados, -¡Vámonos!-, y se retiraron de ahí.
I. Guerrero.